Sandra Ignaccolo (en poesías)

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Wednesday, January 28, 2009






ANA MÍA (Jèssica de la Portilla Montaño)





Querida Ana:

Ayer me porté mal. Muy, muy muy mal. Y no sabes cuánto lo siento. Ya sé que soy una idiota fracasada que no ha hecho nada importante en su vida. Ya lo sé. No necesito repetirlo, pero no puedo evitarlo porque así son las cosas conmigo y eso nunca jamás va a cambiar.

Nunca.

En primer lugar, no pude dormir nada. Nada. Supe que eran las cuatro de la mañana cuando el desgraciado del barrendero se puso a echar chisme con no sé quién putas. Maldita sea. Me levanté de la cama luego de horas dando vueltas y vueltas sobre mi almohada, y todo para encontrarme con que el refrigerador estaba vacío. Ni media zanahoria, ni un pedacito de galleta integral que saciara mi hambre de siglos… Regresé a mi recámara, y entonces se me prendió el foco: ¡mi dotación secreta de Sabritas y Marinela! Apenas si logré acordarme de la clave de mi portafolios, y eso que ahí guardo tus libretas anteriores y mis “queridos diarios”, y las cajetillas nuevas y también las vacías y hasta mi colección de navajas que ya mejor estoy reciclando porque, güey, eso de estar compre y compre rastrillos siendo que ni pelos tengo hace que mi hermana sospeche y no, ella no puede saber que estoy loca, ella sí es inteligente y cree que soy “el ejemplo de la familia” de mierda que tenemos, pero no quiero que siga los pasos de “la niña perfecta”, o sea yo. Ja, perfecta yo, hazme favor… Sólo porque soy una neurótica obsesiva que se niega a obtener menos de nueve punto ocho en cada examen, en cada prueba, en cualquier cosa que haga porque no quiero ser una pinche mediocre pero bueno, el caso es que ayer empecé con un paquete de Pingüinos (ni modo, ya no había barras de fruta). Nomás la cuarta parte de uno, pensé que el chocolate me iba a dar sueño y yo sólo quería dormir, dormir aunque consumiera más de mis cien calorías permitidas, dormir para llegar bien a la escuela, para que no sigan diciendo a mis espaldas que soy la más rara del salón porque no hablo con nadie, ¿o qué no entienden que en boca cerrada no entran ni vegetales pasados ni moscas? Ash, la neta es que odio a la gente estúpida. Sí, aunque no lo creas, toda la gente que conozco es mucho más estúpida que yo. Imagínate, Ana, el baboso de basket ya ni me deja ir al entrenamiento; la última vez que me desmayé me mandó directito a la oficina del director. ¡Pero es que no tengo nada!, le dije yo, ¡mi familia es hipotensa!, y yo estoy flakita flakita desde que nací, o sea, mire mis pómulos, mire la forma de mi rostro, aún no tengo edad para pasar por quirófano, ¿o acaso cree que masco chicle pa’ bajar dos cachetes que ni siquiera tengo? JA JA JA. Hello, si todas mis Anamigas saben que el sabor a menta quita el hambre, y que conste que ese tip me lo pasó la última nutrióloga con que me llevaron. ¡Es que como mucho!, le chillé a mares, ¡tengo que aprender a hacerlo como la gente decente! Ja, y lo peor es que la imbécil me creyó. Chale, se me antoja un cigarro pero creo que ya no tengo… Lo bueno del tabaco es que oculta el olor asqueroso a vómito fresco. Hace una semana mi jefa me encontró fumando en el baño y me puso una regañiza de aquéllas, pero a mí me valió pito. ¡Ya no vas a crecer, escuincla estúpida!, ¡ni siquiera has cumplido los dieciséis años! Pero le dije que no me estuviera chingando y que se largara, o le iba a decir a su maridito Alfonso lo que me hizo mi hermanastra Leticia cuando… bah. Puras mamadas. Todavía no puedo escribir sobre “eso”. Ya pasó. Ahora soy mucho más alta que esa perra y la voy a madrear en cuanto tenga algo de músculo porque, güey, de plano ya me prohibieron la entrada al gym. “Tu IMC es muy bajo”, dijo la doctora, pero la mandé por un tubo y le pedí a mi tía su escaladora elíptica. ¿Mi i eme qué? O sea, ¿cómo puede un médico descuidarse tanto?, ¡esa vieja seguro pesa más de sesenta kilos! Pinche diabética, en vez de embutirse insulina debiera clavarse el dedo en la garganta o en el enorme culo que se carga esa cerda asquerosa de mierda. (Recuérdame buscar “diabetis” en Wikipedia.)

Hasta eso, con todo el dolor del mundo debo confesarte que me estoy volviendo adicta a Mia, y yo sé que está mal porque yo quiero serte fiel, Ana; me gustan mucho mis dientes y cómo canto, mi voz es casi perfecta, y cada vez que vomito sólo se me hincha la panza y no sé si me veo cagadísima o si me veo grotesca. Ayer la cinta métrica dijo que recuperé mis cincuenta y cinco centímetros de cintura, pero cada vez me siento más gorda. Y eso que por fin puedo contar cada costilla que tengo en mi espalda… En una web pro-ED descubrí tips nuevos pa’ compensar mis atracones, pero ayer a media noche ni cómo conseguir laxantes o diuréticos (estoy casi segura de que mi jefa tiene su guardadito por a’i). Recurrí a la técnica clásica para deshacerme de los doce Pingüinos que me tragué en menos de cinco minutos, casi sin masticarlos y casi casi sin darme cuenta hasta que conté las envolturas. Afortunadamente ya lo domino, y mejor no volver a usar el cepillo de dientes porque la última vez me lastimé la garganta y nooo, o sea, ¡tampoco se trata de perder el estilo, güey! Nel, ni madres, yo no quiero ser una flaka feucha como las edecanes de Televisa, pálidas y carcomidas por sus trastornos alimenticios pero no, no es lo mismo anorexia que Ana, ni la bulimia equivale a mi amadísima Mia. ¡No, no no y no! Sólo Ana y Mia han logrado que los demás me vean linda, que los chicos me digan que soy la más “cogible” de todas (imagínate cómo estarán mis compañeras) y que a las zorras del salón les dé envidia porque ya mido casi un metro con setenta y cinco. Me pesé inmediatamente luego de darle toda esa plasta de chocolate a mi querida diosa de porcelana (ni te digo cuánto tardé en destapar la cañería, yuck yuck yuck): los mismos cuarenta y ocho kilos… ¿Pero cómo puedo estar tan marrana??? Tengo que llegar a cuarenta y cinco, exactamente cien libras, cueste lo que cueste, aunque ahorre de por vida para mis cajas de Xenical. Todo mi futuro depende de eso y de que me den la beca muy muy lejos de mi hermanastra Tonticia… Tengo que conseguir pastillas de potasio. Leí en una página anti que puedo provocarme un paro del corazón pero naaa, sí cómo no, Mia nunca me haría el gran favor de matarme de un madrazo y la neta es que me encanta sentir esa adrenalina, sacar de mi cerdulítico cuerpo todo eso que ya no sirve, dejar vacías mis entrañas podridas porque ya, es un hecho, NO QUIERO SEGUIR SIENDO GORDA, no quiero tener jamás una sola curva porque no quiero convertirme en Puticia, no quiero tener pensamientos sucios con niñas bobas. No quiero, no quiero no quiero.

Me niego a volver a comer por el tiempo que me quede en este asqueroso planeta.

Querida Ana:

Ayer me porté mal otra vez.

Se descompuso la escaladora (¿exceso de uso? nooo), busqué la cuerda y del puro coraje me puse a saltarla hasta que me lastimé el tobillo. Verde. Y ahora tengo que estar en cama, reposando las horrorosas papillas Gerber que mi madre me embute a cucharadas… Carajo. No puedo hacer nada al respecto. Mi madre se cree súper heroína haciéndola de enfermera conmigo. Me hubiera cuidado cuando no podía defenderme, caray. Ya pa’ qué.

Hoy ni siquiera tengo ganas de escribir nada.

No puedo caminar ni pa’ traer mi portafolios. No creo que sea prudente dejar otra vez la libreta bajo mi cama. Necesito urgentemente una de mis queridas navajas, pinche depresión, si tan sólo pudiera arrancarme la piel cortada a cortada…

¡CLARO, ESTÚPIDA!!! Los bolígrafos rotos también son armas filosas. Mis antebrazos pueden confirmártelo, Ana.

Bueno, luego le pido a mi jefa que me traiga un paquete de plumas de colores pastel.

Pastel… Shiax….

Juro solemnemente que mañana sí voy a portarme bien.

Mañana voy a hacer todas las abdominales que pueda porque quiero verme bien. Quiero que todos vean que me veo bien. Mejor que nadie y mejor que nunca.

Mañana voy a conseguir dinero para comprar unas pastillas de dieta. Ya leí cuáles pueden servirme, aunque tengo que googlear qué demonios son las “anfeta aminas”.

Mañana intentaré otra vez ser una niña buena. Yo sólo quiero ser feliz a pesar de todo. Quisiera poder estar orgullosa de mí misma aunque sea por una sola maldita vez.

Maldita sea, querida Ana…





SÍLABA ADENTRO

Textos extraìdos de (Aniquilación mía)

María Lourdes de Abajo

España



I


Muero en el interior de otro que muere.

Coincido

el mismo día y a la misma hora

en su palabra.

***

Las palabras

mordaza

que se anuda a mis cuerdas vocales

y oscurece

la voz.

***


Busco la vocal en un parque

como limosna a uno mismo.

El pago a la miseria

derrotado por una línea

dis contínua.

***


Nadie se esconde

ni se oculta.

Este olvido que acecha

un lenguaje por construir.


II


No sé llamarme a mí misma.

Las sílabas no son suficientes.

Ensayo una voz nueva.


***


Cercar la voz

como una linde.


Decir

la sílaba prohibida.

***


El lápiz es la soga

que anuda este dolor.


Y lo sostiene.


***


Digo en un gesto

aquello que callo.

Como si el gemido

pudiera sostenerse.


Vuelco el hedor de mi aliento.

Barro prohibido.


III


La boca es pozo.

Nido de palabras muertas.


Nacerse en el lenguaje.

En un sorbo de sí mismo.


(abro la boca)


***


Remite la palabra a la letra.


Y el abandono

no es símbolo ni peso.


La ausencia llena

con esta sílaba escrita.


***


El lenguaje entra por mi ano y sale por mi boca. El horror no está en los extremos sino en las pérdidas que se producen en el recorrido. Allí donde la víscera no puede gemir.


***


Broto en semillas

lentos arrabales

imprecisos obstáculos.


Un niño me mira y cree

que soy ángel, barro, vocal


(palabra nacida)








PIES DESCALZOS

Lidia Cristina Carrizo
Bs. As (Argentina)



Pies descalzos.
Hojarascas donde tus pisadas
se dejaron llevar en crepùsculos y amaneceres.


Mi paisaje otoñal, mi tierra hùmeda.
Bocetos soñados en mi infinito.


Ojos, rostros que retornan ancestralmente.


Pies descalzos, en mi enigmàtica regiòn.
Cima de mis pasiones, figuras rotas,
frente a mi espejo, donde no recobro
lo pasado, lo omitido, lo callado.


Pies descalzos, que dejan recorrer por sus venas,
prepotentes genes, delineando sus curvas naturales
del movimiento, indicio para alcanzar su cumbre;
la savia del placer y su belleza.